La imagen del LPD-93 "Magallanes" deslizándose hacia el agua en Talcahuano es, sin duda, una buena fotografía para cualquier portada. Pero reducir lo ocurrido este 18 de junio a la botadura de un buque es quedarse con la parte menos interesante de la historia. Lo verdaderamente relevante no es el acero que ahora flota, sino la decisión política que lo hizo posible: un Plan Nacional Continuo de Construcción Naval que apuesta, por primera vez de forma explícita, a que Chile no vuelva a depender exclusivamente de astilleros extranjeros para sostener su poder naval. Construir un barco es relativamente fácil si se tiene el dinero para comprarlo afuera. Lo difícil —y lo que de verdad distingue a un país con soberanía industrial de uno sin ella— es mantener viva, década tras década, la cadena de ingenieros, soldadores, proveedores y centros de diseño capaces de producir esa tecnología en casa. Esa capacidad, una vez perdida, no se recupera con un decreto ni con una inversión puntua...
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